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sábado, 18 de agosto de 2012
Islam: Nociones básicas del idioma -parte 02 -
Receta Musulmana: Hummus (Receta auténtica)
Se sirve con pan de pita fresco o tostado, y se
compone basicamente de puré de garbanzos y zumo de limón, se suele servir como
aperitivo y/o acompañamiento.
El Tahini es un
ingrediente importante de la receta para elaborar el
auténtico hummus y no puede ser sustituido por otro alimento similar,
pero si puedes omitirlo.

Ingredientes:
(4 Personas)
Medio kilo de garbanzos (Dejar en remojo la noche anterior) ó
un tarro de garbanzos cocidos
Zumo de 2 limones (o según gusto)
3 cucharadas de tahini
3 dientes de ajo, aplastado
1 cucharadita de sal
Aceite de oliva
Perejil fresco
Preparación:
Paso 1:
Cocer los garbanzos con sal durante 1 hora. Escurrir
los garbanzos (Reservar una taza del agua de la cocción). Pasar los
garbanzos por una batidora con el agua de la cocción hasta crear un pure
homogéneo.
Paso 2:
Añadir el Tahini, los dientes de ajo pelados y machacados,
añadir el zumo de limón y la cucharada de sal. Mezcle entre 3-5
minutos hasta que quede una consistencia suave.
Paso 3:
Colocar en un plato para servir, y crear un hueco en el centro
del humus.
Paso 4:
Agregue una pequeña cantidad (1-2 cucharadas) de aceite de oliva
virgen. Adorne con el perejil (opcional). Sirva inmediatamente con pan de pita
fresco, cálido o tostado, o cubra y refrigere.
Para elaborar un hummus picante, añadir un pimiento rojo de
Chile o guindilla o una pizca de pimienta de cayena o pimienta negra.
Otra opción para el hummus muy sabrosa es añadir
encima carne picada rehogada con piñones fritos.
Hummus Almacenamiento
El Hummus se puede refrigerar hasta 3 días y se puede
guardar en el congelador durante un máximo de tres meses. Añadir un poco de
aceite si le queda un poco seco.
Fuente: http://recetasarabes.com
Islam: La Vestimenta IV - Islam: La robe IV
Vestirse en el islam
- parte IV y final
Por Ricardo H. S. Elía
Observa Américo Castro que «...en la Argentina llaman tapado el abrigo de las mujeres, palabra que procede del “manto tapado”, mencionado por Tirso de Molina en El burlador de Sevilla (II, 101), y con el cual se cubrían aquéllas el rostro y la cabeza.
Multitud de comedias del siglo XVII contienen situaciones en las cuales se ven andar las mujeres con la cara cubierta (Tirso, La celosa de sí misma; Calderón, El escondido y la tapada, etc.).

Véase Celia del Moral: Arabes, judías y cristianas, Ed. Universidad de Granada,Granada, 1993; Caridad Ruiz de Almodóvar: La mujer musulmana. Bibliografía I y II, 2 vols., Ed. Universidad de Granada, Granada, 1994; A. Bouhdiba y M. Ma’ruf: Les differents aspects de la culture islamique. L’individue et la société en Islam, UNESCO, París, 1994.
Los perfumes
Otra práctica que se remonta a la Sunna, o sea las tradiciones y costumbres del Profeta Muhammad es la elaboración y utilización de perfumes no alcohólicos. Una narración de Ya’far as-Sadiq dice que «vestirse bien reduce al enemigo y perfumarse el cuerpo atenúa la tensión mental y las preocupaciones».


La influencia islámica en la moda europea
Valga la pena señalar que las influencias directas en la vestimenta medieval y renacentista de los ropajes islámicos trajeron como consecuencia la versión del al-burnús o albornoz en el hábito franciscano que constituía de por sí un llamamiento a la sobriedad en una sociedad fascinada por las telas lujosas.

Numerosos príncipes cristianos adoptaron las modas musulmanas, como el polímata Lorenzo Médici el Magnífico (1449-1492) —véase Fr. Babinger: Lorenzo il Magnifico e la Corte ottomana, Archivio Storico Italiano, Roma, 1963—, el favorito de Enrique IV de Castilla (1452-1474), Miguel Lucas de Iranzo, que cabalgaba «a la jineta, con aljuba morisca de seda de muchos colores» (cfr. Memorial histórico español, tomo VIII, p. 262, Madrid, 1853), o Ludovico Sforza (1452-1508), apodado “El Moro”.

El pintor Bernardino Betto di Biagio, conocido como “Pinturicchio” (Perugia 1454-Siena, 1513), entre los años 1491 y 1494, y por encargo del pontífice de origen español Alejandro VI (Rodrigo Borja o Borgia 1431-1503), decora seis salas de los Apartamentos Borgia del Vaticano donde destacan la suntuosa vestimenta islámica de los personajes.
El famoso duque René d’Anjou (1409-1480), autor de numerosos poemas y romances, llamado «el último de los trovadores», fue el principal devoto de la moda musulmana. Tenía 21 pares de zapatos turcos en su ropero y a menudo vestía una “túnica de sarraceno”. También tenía a su servicio a un paje musulmán (cfr. Libro Guiness de los récords 1492, Jordan, 1992, p. 139) ...(ver la continuacion en archivo pdf en http://www.islamoriente.com/ )
Fuente: Fundación Cultural Oriente http://www.islamoriente.com/
Pensamiento Lateral: Adrián Paenza _reflexiones II

EL
DR. ADRIAN PAENZA NOS INVITA A PENSAR…
El
problema de los Cuatro Colores
Yo sé que ustedes nunca tuvieron que colorear un mapa desde que
dejaron la escuela primaria. Y ni siquiera estoy tan seguro de que hubiera sido
el caso. De hecho, no creo que los niños de hoy tengan que colorear mapas
"a mano", aunque uno nunca sabe.
El hecho es que hay un teorema que tuvo a los matemáticos muchos
años sin encontrar la solución. Y se trató de lo siguiente: supongamos que uno
tiene un mapa. Sí, un mapa. Un mapa cualquiera, que ni siquiera tiene que
corresponder con la realidad de una región.
La pregunta es: "¿cuántos colores hacen falta para
colorearlo?". Sí: ya sé. Uno tiene entre sus "pinturitas" o en
la computadora muchísimos colores. ¿Por qué preguntarse cuántos colores
distintos son necesarios, si uno puede usar muchos más de los que necesita?
¿Para qué podría servir calcular una "cota" máxima? Y en todo caso,
¿qué tiene que ver el número cuatro?
La Conjetura de los Cuatro Colores surgió de la siguiente
manera: Francis Guthrie era un estudiante de una universidad en Londres. Uno de
sus profesores era Augustus De Morgan. Francis le mostró a su hermano Frederick
(que también había sido estudiante de De Morgan) una conjetura que tenía con
respecto a la coloración de unos mapas, y como no podía resolver el problema,
le pidió a su hermano que consultara al renombrado profesor.
De Morgan, quien tampoco pudo encontrar la solución, le escribió
a Sir William Rowan Hamilton, en Dublín, el mismo día que le hicieron la
pregunta, el 23 de octubre de 1852:
"Un estudiante me pidió que le diera un argumento sobre un
hecho que yo ni siquiera sabía que era un hecho, ni lo sé aún ahora. El
estudiante dice que si uno toma una figura (plana) cualquiera y la divide en
compartimentos pintados con diferentes colores, de manera tal que dos
adyacentes no tengan un color en común, entonces él sostiene que cuatro colores
son suficientes”:
Hamilton le contestó el 26 de octubre de 1852 y le dijo que no
estaba en condiciones de resolver el problema. De Morgan continuó pidiendo
asistencia a la comunidad matemática, pero nadie parecía encontrar una
respuesta. Cayley, por ejemplo, uno de los matemáticos más famosos de la época,
enterado de la situación, planteó el problema a la Sociedad de Matemática de
Londres, el 13 de junio de 1878, y preguntó si alguien había resuelto la
Conjetura de los Cuatro Colores.
El 17 de julio de 1879, Alfred Bray Kempe anunció en la revista
Nature que tenía una demostración de la Conjetura. Kempe era un abogado que
trabajaba en Londres y que había estudiado matemática con Cayley en Cambridge.
Cayley le sugirió a Kempe que enviara su Teorema al American
Journal of Mathematics, donde fue publicado en 1879. A partir de ese momento,
Kempe ganó un prestigio inusitado y su demostración fue premiada cuando lo
nombraron Miembro de la Sociedad Real ( Fellow of the Royal Society ) en la que
actuó como tesorero por muchísimos años. Es más: lo nombraron "Caballero
de la Reina" en 1912.
Kempe publicó dos pruebas más del ahora Teorema de los Cuatro
Colores, con versiones que mejoraban las demostraciones anteriores.
Sin embargo, en 1890 Percy John Heawood encontró errores en las
demostraciones de Kempe. Si bien mostró por qué y en dónde se había equivocado
Kempe, Heawood probó que con cinco colores alcanzaba para colorear cualquier
mapa.
Kempe aceptó el error ante la sociedad matemática londinense y
se declaró incompetente para resolver el error en la demostración, en su
demostración.
Todavía en 1896, el famoso Charles De la Vallée Poussin encontró
también el error en la demostración de Kempe, ignorando aparentemente que
Heawood ya lo había encontrado antes.
Heawood dedicó sesenta años de su vida a colorear mapas y a
encontrar potenciales simplificaciones del problema (la más conocida dice que
si el número de aristas alrededor de cada región es divisible por 3, entonces
el mapa se puede colorear con cuatro colores), pero no pudo llegar a la prueba
final.
El problema seguía sin solución...
Curiosidades del número 0 y su historia en Egipto - Curiosités de la numéro 0 et de son histoire en Egypte
El ocultamiento del cero
en el antiguo Egipto
“Lo divino está oculto del vulgo conforme a la sabiduría del Señor.” Cleopatra VII
“En la naturaleza debe estudiarse aquello a partir de lo cual Dios lo creó todo.” Pitágoras
El lenguaje simbólico empleado por los shemsu em Kemet [1] en cualquiera de las manifestaciones de su cultura, incluyendo las matemáticas, requiere una segunda lectura dirigida a develar los misterios que han permanecido en silencio durante milenios. La sabiduría de Thot, ciertamente «transmitida “de labios a oídos”, fue custodiada bajo severas disposiciones que incluían el castigo de aquellos que rompiesen su voto de silencio, por lo cual la iniciación adquirió una profunda connotación simbólica insertada, asimismo, en el “tercer significado” de la escritura jeroglífica, descifrable sólo por los neófitos» [2] En este empeño deshermetizante, la numerología constituye un pilar fundamental que no puede omitirse si se desea beber de la misma “fuente de la sabiduría” de los egipcios.
Pitágoras, iniciado en estos Misterios, escribió un libro –que se extravió para la historia– sobre la ciencia de los números llamado “Hieros Logos” (La Palabra Sagrada), del que tenemos conocimiento gracias a sus seguidores de la Escuela pitagórica, y en cuyos trabajos está contenida la mayor parte de lo que el Padre de la Numerología legó a la humanidad. Pitágoras llamaba a sus discípulos matemáticos, debido a que sus conocimientos superiores comenzaban precisamente con la doctrina de los números. Esta matemática era sagrada, trascendente, a diferencia de la profana conocida por los filósofos de entonces. “Por medio de los números Dios se revela y muestra la concatenación de las ciencias de la naturaleza” –decía Pitágoras.
Una pregunta común entre los estudiosos de las matemáticas suele ser: ¿quién descubrió el cero? Muchos responderían que hindúes o árabes, otros quizás mencionarían a los mayas. La naturaleza de esta cuestión radica en si alguien en particular tuvo alguna vez la idea del cero, lo que hace prácticamente imposible responderla de manera satisfactoria. El problema pudiera compararse con el origen del progenota, la primera célula primitiva. Nótese que no podría formularse una respuesta viable para este cuestionamiento cuando hablamos desde los marcos teóricos del propio concepto.
La búsqueda del cero ha resultado un dolor de cabeza para los historiadores de las matemáticas que en cierto momento han pasado por alto sus apariciones casi fantasmales, como es el concepto del cero en el antiguo Egipto.Egiptólogos como Borchardt, Petrie y Reisner conocían del jeroglífico nfr en construcciones del Reino Antiguo (…) Scharff y Gardiner sabían que el símbolo egipcio nfr se había usado para representar el resto cero en libros de cuentas. Sin embargo, historiadores de las matemáticas incluyendo a Gillings, probablemente no tuvieron conocimiento del símbolo egipcio para el cero porque este no aparecía en los papiros matemáticos sobrevivientes.
(…) Es cierto que un valor posicional no fue usado (o necesitado) en los “registros contables” del sistema decimal egipcio. Sin embargo, los egipcios usaron un símbolo para al menos dos aplicaciones del concepto cero. En sitios de construcción del Reino Antiguo el jeroglífico “nfr” se usó para marcar el punto cero sobre un número de líneas que sirvieron como guías. Por ejemplo, una serie de líneas niveladoras horizontales fueron usadas en la construcción de la pirámide del Médium en el Reino Antiguo. Las líneas por debajo del nivel cero se marcaron 1 cúbito bajo cero, 2 cúbitos bajo cero, y así sucesivamente. Las líneas bajo ese nivel se marcaban acorde con el número de cúbitos bajo cero. (…) El temprano uso de números dirigidos, donde por encima y por debajo son comparables con positivo y negativo, no debe pasar inadvertido. El mismo símbolo “nfr” fue usado además para expresar el resto cero en una hoja de cuentas mensual de la dinastía XIII, hacia el 1770 a.C. en el Reino Medio. Semeja una hoja de cálculo de doble entrada con columnas separadas para cada tipo de bienes. Finalmente, el desembolso total se substrajo del total de ingresos de cada columna. Cuatro columnas poseían resto cero, denotados por el símbolo nfr.[3]
Uno de los motivos por los que pasó inadvertido por tanto tiempo radica en el propio concepto del cero, díganse sus usos. Su valor posicional –que no utilizaron los egipcios por las razones que se expondrán en este texto– es utilizado para indicar un lugar vacío en los sistemas numéricos como el nuestro. Resulta necesario para distinguir dos números como el 5051 y el 551, por ejemplo. El segundo uso del cero es como número en sí mismo (los que vieron Borchardt, Petrie y Reisner en las pirámides y templos del Reino Antiguo).
Existen otros aspectos del cero bien distintos en estos dos usos, a saber, el concepto, la notación y el nombre. El origen del nombre tiene un recorrido histórico bastante accidentado; los hindúes lo llamaron “sunya”, más tarde en árabe se lo llamó “sifr” [4] , pasando al latín como “zephўrum” y al italiano como “cero”. El término en español fue tomado del italiano sin modificaciones. El vocablo “cifra” –de origen idéntico– sirvió primero para designar al cero, pero después pasó a utilizarse para el resto de los numerales. Resulta interesante el parecido entre el nombre latino y la palabra hebrea “sephira”, o sefirot, que se refiere a las emanaciones de la deidad en la Cábala.
Volviendo al egipcio nfr, según Faulkner [5], significa «de apariencia, bello, hermoso» y «de condición, feliz, bueno, bien», sin olvidar su condición matemática de «cero; nfr n “no”, “no hay”» y «nfr w nivel del suelo, base». Es curioso que los mayas hicieran también una asociación positiva con el concepto del cero, representándolo con una concha, de connotación favorable.
Además del carácter exclusivamente numérico, en la cultura egipcia el cero tuvo una significación esotérica de vital importancia en los Misterios iniciático. El jeroglífico (nfr), es también una abstracción del conjunto de la tráquea, el corazón y los pulmones humanos, que en la anatomía esotérica del iniciado en estos misterios son órganos en extremo relevantes. Valga mencionar la equivalencia del plexo cardíaco con el elemento Aire (presente en pulmones y tráquea) como parte del tetragrámaton AROT-TORA (letra R) que explica Julia Calzadilla en su teoría vertebral y chákrica sobre las construcciones piramidales en el antiguo Egipto:
De conformidad con las 8 “permutaciones” del tetragrámaton básico AROT-TORA, y la equivalencia chákrica del cuaternario inferior y la tríada superior, en la realización de la Gran Obra las diversas partes del cuerpo humano participarían de los “giros” de la “Gran Rueda”, conociendo la identidad de cabeza y pies (Norte y Sur) como plexos solar y anal (sol/tierra, Leo/Tauro) y la ubicación del plexo cardíaco en la zona Este o del Aire (Acuario) y la del prostático en la zona Este o del Agua (Escorpión). [6]
El símbolo (ib), corazón, es un recipiente «cuya connotación esotérica equivalía al útero o yoni femenino en calidad de “receptáculo del pensamiento y del conocimiento”» [7], y el medio –según el Dr. Serge Raynaud de la Ferrière en “Los Grandes Mensajes”– indispensable para la autorrealización; limitado en su parte inferior por el plexo solar y superiormente por el plexo faríngeo, delimitando el cuaternario inferior y la tríada superior divina. Además «la cosmogonía derivada de Ptah, piedra angular de la desarrollada filosofía contenida en la Teología Menfita es, por su formulación, un concepto abstracto también relevante en nuestro tema por constituir un antecedente directo de la doctrina del logos que aparece en el Evangelio de San Juan: Ptah, el dios de Menfis fue, por ende, el “corazón” (pensamiento) y la “lengua” (mandato) equivalentes del Verbo cristiano.» [8]
La teología heliopolitana explica la Creación en términos de emanación –recordemos los sefirots de la Cábala– de la Enéada, los primeros nueve dioses, de los cuales el resto de los nombres [9] se manifiesta. En Heliópolis (Annu), el principio creador o demiurgo es Atum, que significa en principio “todo” y a la vez “nada” (recordemos a Cristo cuando dijo: “Yo soy el alfa y la omega” [10]); representa la totalidad del Universo que es aún amorfo e intangible. Llegados a este punto resulta necesario develar la relación entre el principio creador y el cero, sin dudas marcado por la intención de ocultamiento. En la numerología mística, según el Dr. Ivan Seperiza, el cero «Representa lo absoluto e infinito, lo eterno en potencia que no es un valor pero valoriza todas las cosas, lo que no es una realidad pero sí es el espacio donde la realidad se manifiesta. El cero “0″ es el principio viviente en estado latente previo a la Manifestación. Por tanto el cero “0″, se refiere a lo que aún no es, pero que puede serlo todo. Su forma más abstracta es la negación, que se afina como negación de todo límite o determinación y se completa como luz o energía infinita.
El cero “0″ es la potencialidad como raíz oculta de toda manifestación. Está representado por él circulo, figura auto contenida e infinita al carecer de principio y de fin.» [11] En una de las tres versiones de dicha teología se relata que Atum dio existencia a su propio ser separándose del Nun (las aguas primordiales) y dando lugar a la primera colina, la conocida piedra Benben de forma piramidal relacionada con el ave Bennu [12]. Él entonces “escupe” a la primera divinidad: Shu (el aire, principio masculino) y “expectora” a Tefnut (la humedad, el principio femenino). Estos dos principios antagónicos son a la vez no excluyentes, puesto que Tefnut, identificada con el León (en la astrología oriental se lo asocia con el sol) representa al elemento Fuego y Shu, simbolizado por la pluma sobre su cabeza, el elemento Agua. En otra versión Atum se crea a sí mismo proyectando su corazón (conciencia), así como a otros ocho principios o nombres: Shu y Tefnut, Geb (Tierra) y Nut (Cielo), y al final a Osiris e Isis, Seth y Neftis. Esta es la Gran Enéada de Heliópolis.
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